Una línea más de santificación de nuestro Capítulo es la espiritualidad. Entendemos la espiritualidad, en primer lugar, como la capacidad de mantener siempre una recta intención en nuestros juicios y nuestras acciones. No se puede hablar de espiritualidad en una persona que no desea hacer el bien y no desea el bien para sí y para los demás. Es necesario optar conscientemente por el bien. Si queremos el bien, queremos una vida recta, y nuestras intenciones serán rectas.
Para nosotros no hay mayor bien que hacer lo que Dios nos dice. Hacer la voluntad de Dios es hacer el mayor bien posible. Por eso vivimos atentos, buscando discernir siempre lo que Dios quiere, hacer su voluntad. En ello imitamos a Jesús, que siempre puso en el centro de su vida, de sus intenciones y decisiones a Dios Padre. Jesús es para nosotros el maestro de la primacía de Dios. Nos enseñó que poner al centro de todo a Dios es la manera de garantizar la solidez espiritual, pues quien se define desde otros centros o tiene otros cimientos en su vida, no tiene la solidez de la 'roca firme' que es Dios.
Todo lo anterior se expresa en la lealtad a lo que somos, en la fidelidad y el cumplimiento a todo lo que conlleva nuestra consagración religiosa: la vivencia de los consejos evangélicos (obediencia, pobreza y castidad), la vida comunitaria como vida fraterna, la oración y los Sacramentos como la fuente de nuestra 'vida en Dios', y la misión juvenil y popular con un claro compromiso por el bien y la promoción del prójimo.
¿Realmente deseo el mayor bien posible para mí y los demás? ¿cuál es ese bien?
¿Anhelo y busco otros 'bienes' aún sabiendo que son sólo apariencia de bien?
¿Me he aplicado a buscar con sinceridad la voluntad de Dios para mi persona y mi vida? ¿qué he descubierto en esa búsqueda?
¿Deseo que Dios sea el centro de mi vida? ¿qué he hecho para que eso se dé?
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